Todo lo que queríais creer sobre Cataluña era mentira. Todo lo que os explicamos sobre España era verdad

Xavier Diez (@Herodot10), historiador

Existe un gran debate entre historiadores para tratar de comprender las causas que provocaron el hundimiento de la Unión Soviética. En las discusiones, se destacan numerosos factores que los observadores coetáneos constataban -el atraso tecnológico en el ámbito civil, la imposibilidad de seguir el ritmo de la carrera armanentística sin comprometer la viabilidad de la economía doméstica, el desabastecimiento crónico,…- pero existían otros más intangibles, más difíciles de calibrar, pero quizá más relevantes a la hora de explicar la verdadera fragilidad de lo que todos consideraban una superpotencia. La realidad, más allá de toda propaganda y apariencia, es que en los últimos años de la URSS se propagó, a la manera de una epidemia incontrolable, una profunda desmoralización colectiva y una verdadera pérdida de confianza en el sistema, que precipitó un derrumbamiento con efectos devastadores entre millones de soviéticos desengañados ante el comunismo y castigados por el capitalismo salvaje posterior. Es la época en que se popularizó aquella cita tan significativa y que incluso recogió Fernando León de Aranoa en su mítica película Los Lunes al sol. “Todo lo que nos explicaban sobre el comunismo era mentira. Pero todo lo que nos explicaban sobre el capitalismo era verdad.”

Era exactamente así. Cierto monopolio de los medios y la educación según el cual el comunismo resultaba ser el mejor de los mundos posibles contrastaba con una realidad difícilmente digerible. En otros términos, la realidad soviética se fundamentaba en la mentira. Más allá de la retórica revolucionaria, existían desigualdades y un sistema social fundamentado en la ausencia de libertades personales hasta convertir la vida cotidiana en una experiencia frustrante y asfixiante. Eso no significa que no hubiera millones de ciudadanos soviéticos que creyeran, con fe religiosa, en las mentiras que se difundían desde el Kremlin. Pero a medida que se profundizaba la distancia entre mensajes triunfalistas y la dura y cruda realidad, el régimen se tambaleaba, puesto que hasta las mejores mentiras tienen un límite. Y finalmente, el muro, si bien empujado por la disidencia y un incrédulo occidente, acabó cayendo por su propio peso.

No es la primera ni la última potencia que se desploma, desconcertando a cualquier analista. En 2007, el historiador británico John Darwin publicó un interesante libro, El sueño del imperio. Auge y caída de las potencias globales, 1400-2000 (Taurus, 2012) que indagaba sobre el fenómeno de las decadencias que se llevaban por delante a antiguas potencias. A pesar de que existen contextos y factores singulares que ayudan a explicar estos procesos complejos, sí que existe una constante. Las naciones se aguantan en la medida en que existen consensos e intereses compartidos -aunque sean asimétricos- y se disuelven cuando estos factores desaparecen y aparecen ante los ojos de sus súbditos las debilidades y las falsedades sobre los cuales se fundamentaban.

Quien esto escribe no se considera determinista en absoluto, sin embargo, España, “el país más fuerte del mundo porque lleva siglos intentándose destruirse a sí misma sin conseguirlo”, según comentario irónico atribuida a Otto von Bismark, se fundamenta, como la mayoría de naciones del mundo, en ficciones y mentiras. El problema es que la España actual se basa en el mito fundacional de “la democracia que nos dimos” o una Constitución, la de 1978, que nació entre sables, se redactó entre grandes presiones de los poderes fácticos, se aprobó con grandes irregularidades en el censo, sin otra alternativa, y que, en el fondo, resultó ser la continuación del franquismo por medios democráticos. Aun así, funcionó durante varias décadas. El consentimiento de los gobernados, ya fuera por la necesidad de creer en la democracia, ya fuera por miedo, ya fuera por ilusión, funcionó mientras el estado profundo se retiró a la discreción de las cavernas, los cuarteles, los juzgados o las sacristías. Pero esta década que dejamos atrás ha resultado ser letal. La involución respecto a libertades democráticas, el saqueo de los ahorros populares producido por la banca, las reformas laborales que han empujado a los trabajadores españoles a los peores grados de degradación y precariedad continental, los escándalos económicos y morales protagonizados por la familia real, la represión contra la disidencia o la salida del armario de los grupúsculos fascistas reconvertidos en partidos políticos y aplaudidos y promocionados por unos medios de comunicación que jalean la violencia contra quien es o piensa diferente, han desnudado un régimen que por algún tiempo aparentó ser una democracia.

Pero quizá en este contexto de degradación democrática, ya surgidos desde la primera mayoría absoluta de Aznar, lo que ha resultado ser la principal prueba de estrés a la que se ha sometido la democracia española ha sido el “procés catalán”. El independentismo, que pasó en poco más de una década, de un quince a un cincuenta por ciento (sesenta si contabilizamos a los nacidos en Cataluña), no deja de representar una expresión política que sirve para desmontar la mentira de la democracia española. Muchos independentistas consideraron que la ruptura con el reino de España era la mejor manera de asegurar un sistema político decrépito cuyas instituciones se disuelven aceleradamente, en el que el franquismo emerge de las catacumbas, y pilares básicos del estado como la policía o la judicatura se han conjurado para aplicar un lawfare impropio de cualquier país europeo. Cualquier espectador que haya visionado la recomendable película de Roman Polanski “El oficial y el espía” podrá hallar inquietantes paralelismos en la manipulación de pruebas, la bancarrota del sistema mediático y judicial, la prevaricación o la miseria moral disfrazadas de patriotismo del que ha abusado la España de 2017-2020. En todo este patético contexto en el que se mantiene en la cárcel a disidentes por cargos inventados en una parodia de juicio, España parece autodestruirse a partir de una nueva autarquía judicial ante una Europa escandalizada por la deriva inquisitorial y la resurrección de las invenciones historiográficas del XIX como los mitos de la Reconquista, la visión teleológica de España y un anhelo de recentralización que lo que ha hecho ha sido polarizar un país que, por mucha banderita que camufle sus vergüenzas, se odia a si mismo.

Es cierto, la “rojigualda” ha servido en cierta manera como venda en los ojos para negarse a ver lo que sucedía con Cataluña, una lucha democrática para detener la deriva autoritaria iniciada con Aznar. Pero la formación del último gobierno español ha servido precisamente para exhibir a todo el mundo aquella dimensión trágica y autodestructiva que Alejandro Amenábar ha retratado en forma de película. Para evitar un gobierno con presencia de una izquierda (como es el espectro Podemos y los restos del naufragio del PCE) que, sin exageración alguna, podríamos considerar como moderada, e incluso conservadora. Pero en las últimas semanas, para evitar ese gobierno de coalición (tildado de rojo-masón-marxista-separatista), hemos asistido a rogativas por parte de una iglesia ultramontana, llamadas al golpismo por parte de uniformados, amenazas en la calle (penoso el episodio de asedio al diputado de Teruel existe), la ultraderecha exhibiéndose impunemente en las calles y con varios pies en las instituciones y tribunas en los medios. En fin, la involución de la última década, fundamentada en el uso torticero de leyes y tribunales, e incluso de una reinventada constitución que se alude para prohibir, restringir o reprimir, ha convertido España en una piscifactoría de pirañas. No hay más que ver el comportamiento indigno de decenas de diputados conservadores insultando, intimidando y amenazando a quienes no piensan como ellos. La crispación inoculada por los hijos del franquismo que, durante los ochenta y noventa habían quedado en segundo plano, han tomado los megáfonos y tratan de disputar las calles, con cobertura policial, jurídica y mediática.

Y, efectivamente, en muy pocos meses, España ha perdido el prestigio que había tardado décadas en conseguir. Y ahora, como durante los sesenta o inicios de los setenta del siglo pasado, una España que reprime la disidencia y que se siente profundamente insegura, se ha convertido definitivamente de la Turquía occidental, que quizá todavía posee algunos recursos menguantes para comprar espacios en la prensa (España Global) o sobornando o intimidando algunos funcionarios europeos, como hace regularmente Arabia Saudí. Pero el algodón de los presos políticos y los exiliados no engaña, puesto que son ellos los que venían alertando de esta deriva suicida de una España que trata de creerse sus propios mitos (incluso el tan apolillado Don Pelayo), y que dejan claro que este país se está haciendo daño a sí mismo. Ya sé que los prejuicios contra unos catalanes que nunca han sido aceptados como lo que son, una nación diferenciada de la castellana, que es la que ocupa la hegemonía de la identidad española, ha supuesto una venda en los ojos, y sobre todo, unos tapones en los oídos para no escuchar ciertas verdades incómodas. Pero todo lo que buena parte de los españoles querían creer sobre los catalanes (los mitos del supremacismo, el egoísmo,…) era mentira. Sin embargo, todo lo que los independentistas explicaban sobre España (que no es una verdadera democracia, que el Estado está ocupado por el franquismo fáctico e ideológico) era verdad. Muchos españoles de izquierdas, viendo las rogativas de un clero reaccionario o las impunes amenazas fascistas, empiezan a darse cuenta del problema. Evidentemente, no hay nada más letal y disolvente para la viabilidad de un Estado que sus mentiras se hagan evidentes. El emperador desfila desnudo, y aunque el niño que lo señala sea catalán, y por tanto, silenciado por los medios y boicoteado por los prejuicios, es cuestión de tiempo que todo el mundo se dé cuenta. Bueno, de hecho, todo el mundo se está dando cuenta, aunque la mayoría de españoles estén tardando bastante en reconocerlo.

Postdata:

Queridos Trolls. Ya sé que algunos de vosotros os indignaréis con este artículo, y probablemente os veréis tentados de constatarlo en vuestros comentarios. Tenéis, por supuesto, todo el derecho a hacerlo. Pero quizá, para haceros reflexionar, comparto una confiencia. A menudo muchos os preguntaréis cómo es posible que con cero apellidos catalanes y ninguno de mis abuelos nacido en Cataluña me haya pasado, como tantos otros, a defender la ruptura con vuestro país. Y sí, ha sido en muchos de los comentarios de desprecio, profundamente ofensivos, que vengo leyendo desde hace veinte años en cualquier noticia referida a Cataluña. Me sorprendió, primero; me entristeció después y me aleccionó finalmente que la incapacidad de aceptar una realidad incómoda se tradujera en una exhibición de prejuicios tan indocumentados que solamente pueden estar motivados a medias por la atrevida ignorancia y el estéril resentimiento. Pero quizá lo que más me molestó es que tantos y tantos comentarios insultantes no fueran nunca rebatidos por nadie con suficiente autoridad moral para poner en evidencia el simple hecho que, quien siembra vientos, acaba cosechando tempestades. Que sepáis que poseéis una responsabilidad a la hora cuestionar la viabilidad de vuestro país, mucho mayor que quienes fuimos a votar el 1 de octubre para expresar nuestra determinación por divorciarnos de vosotros.

Xavier Diez és membre del nostre grup de recerca. Aquest article va ser publicat el 13/01/2020 a Diario16.

L’odi en campanya

per Àlex Reig Biosca, crític

cayetana-alvarez-de-toledo-pisarello-655x368

© Europa Press

La política catalana i espanyola ha arribat a uns nivells de crispació insospitats. La visita a la Universitat Autònoma de Bellaterra de Cayetana Álvarez de Toledo, la candidata al Congrés del Diputats per que no parla ni tan sols català ni viu a Barcelona, dos requisits que sembla que no importen a tenor d’altres candidats paracaigudistes, n’és un bon exemple. El que va passar a la UAB és l’incident que esperava molta gent a Espanya per titllar tot el moviment independentista de violent. Què voleu que us digui? No anem bé quan el combat contra la violència, encara que només sigui verbal, s’ha de legitimar usant metàfores, construccions conceptuals i termes jurídics obtusos perquè la realitat no ho sustenta. Llavors és quan una manifestació universitària es converteix en kale borroka.

Detecto un infantilisme preocupant en una classe política que no està mai a l’altura del que se li demana. M’atreveixo a dir que no està a l’altura de res. Perquè les escenes que són portada als diaris o trending topic a Twitter i que desencadenen milions de crítiques, contracrítiques, frases enginyoses, sarcasme, gifs i altres bajanades, són impròpies d’una societat madura i adulta. Pertanyen més al pati de l’escola o de l’institut que a l’àgora política. L’escarni que Cayetana no ha trigat gens a revestir d’una glòria que no tenia mentre es produïa i que només ha tret el cap en les cròniques patètiques dels fets, no és política. En paraules seves: es tractava de “niñatos consentidos y pijos”. No cauré en el simplisme de distorsionar aquesta expressió per convertir-la en el que és: una pura paradoxa força còmica que podria autoaplicar-se. Simplement donaré la raó a Cayetana: sí, només són nens i universitaris. Pijos i consentits, suposo que com tot “niñato” universitari. El problema no són ells, ni un ambient universitari que sempre s’ha posicionat políticament i que s’ha manifestat contra mesures que s’han pres des del poder, com passa en tota democràcia sana. El problema és, si de cas, que el grup d’adults, representant d’un partit polític, no s’adona precisament d’això: que fa el paperina —per no dir una altra cosa— en intentar convertir una escena universitària recurrent, idèntica a tantes altres (vegeu els campus de París, Londres, Nova York , Madrid o de qualsevol ciutat del món), en una demostració de feixisme endèmic que cal combatre com si es trobessin a les trinxeres de la revolució francesa. Convertir la protesta d’uns adolescents exaltats políticament, com segurament ho hem estat tots a la mateixa edat, en una foto fixa de com és Catalunya és manipular.

El patetisme de Cayetana i la seva cort arrenca d’aquesta incongruència. Del tot s’hi val dels polítics espanyols per atacar i aplacar l’independentisme. I posats a parlar d’odi, el foment de l’odi té a Catalunya dos noms, sobretot, sense els quals és molt difícil pensar que hauríem arribat a aquest grau de glorificació de l’insult i la fatxendaria per damunt dels programes polítics. Són Albert Rivera i Inés Arrimadas. Cs és el partit que, des de fa anys, ha basat el seu creixement en la confrontació i la creació implacable i permanent de disputes, discòrdies i actituds bel·licoses. Són ells els que han aprofitat qualsevol intervenció al Parlament per provocar i fer soroll, sense cap mena de respecte envers les persones ni guardant les formes. Casado, l’extremista, Abascal i altres fomentadors de l’odi, són conseqüència directa del clima enrarit i radical que està incrustat en l’ADN d’Albert Rivera. Amb raó Cs és l’únic partit, segons diversos estudis, en què es detecta que els dirigents són més extremistes que els seus votants. Em resisteixo a creure que l’espai polític que vol representar Cs no pugui estar representat per polítics de més altura i no pas per pinxos de barri com els actuals dirigents, els quals saben més d’amenaçar que de política. La seva manera de fer política és la provocació, que és el que fa Arrimadas quan va a TV3 i s’encara a una presentadora o quan es vanta d’arrencar llaços grocs. No em crec ni per un moment que la majoria de votants de Cs avalin aquesta actitud. És impossible. Els electors de Cs no es mereixen que polítics voltors com Arrimadas o Jordi Cañas dirigeixin l’espai polític que els representa.

Les discussions no es guanyen fent escarafalls amb els braços o proferint crits barroers contra estudiants que es manifesten a l’escala d’una universitat contra tu. Tampoc no es guanyen mentint sobre els teus contrincants polítics. Una cosa és innegable: quan sento parlar Cuixart, Puigdemont, Turull, Mas, Iceta, Batet, Junqueras o Borràs m’arriben idees i arguments que em poden plaure més o menys, però, per sobre de tot, noto el respecte cap a l’adversari. Hi veig tot allò que no sé veure en el capteniment dels altres candidats. Fora bo que s’acabés el hooliganisme polític per tornar a debatre sobre idees. Especialment ara, en una època obertament feminista que, sortosament, rebutja comportaments masclistes i testosterònics. No confio gaire en què s’arribi a un consens per acabar amb aquesta mala praxi política. Ara bé, persistir en l’error seria impropi de qui diu voler viure en democràcia, governi qui governi.

A propòsit de l’exhumació del dictador Franco

per Jordi Oliva i Llorens (@jolival65), historiador

Captura de pantalla 2018-09-12 a les 9.22.20

© Shutterstock

Amb la construcció del mausoleu del Valle de los Caídos, a la vall de Cuelgamuros en el terme de l’Escorial, el dictador Franco i el règim que se’n derivà pretengueren perpetuar la memòria dels vencedors en un context ideològic de nacional-catolicisme. I així ha perdurat en el temps fins al dia d’avui, com a paradigma de la llarga llista de dèficits democràtics a l’Estat espanyol, entre la vergonya i la manca de voluntat política dels gestors d’aquest règim imperfecte del 78, i la viva exaltació de feixistes que, sense cap mena de rubor, homenatgen els seus herois de la Guerra Civil de 1936-1939. Ben certament, es tracta d’una anomalia que vergonyosament perviu, amb moltíssimes complicitats, ben entrat el segle XXI.

El decret d’exhumació de les despulles del dictador Franco només és una operació de maquillatge —important, això sí—, que potser permetrà minimitzar la memòria única i perdurable dels que van guanyar la guerra, però que no resol, ni de lluny, el menyspreu vers les altres memòries, les dels vençuts, sobre les quals es va edificar la primera. A més, no ho resol perquè la Llei de la Memòria Històrica s’ha aprovat massa tard, de manera condicionada, i en alguns aspectes no supera el discurs frontista de bons i dolents, sense tenir en compte el que han defensat des de fa temps historiadors de prestigi com ara Josep Benet o Hilari Raguer, que ho ha definit gràficament en afirmar que existeix una tercera Espanya que sembla no voler reconèixer-se en el combat entre posicions hegemòniques en ambdós bàndols.

I malgrat que en diverses ocasions s’hagi apuntat que el mausoleu podria ser un símbol de reconciliació, això és impossible, sobretot perquè els vencedors no han demanat mai perdó, ni han assumit la culpa del cop militar, ni han reconegut la violència exercida. No ho van fer els protagonistes directes del conflicte ni ho pensen fer els seus hereus. La controvèrsia sobre el Valle de los Caídos arrenca de la mateixa gènesi de la construcció del mausoleu, sobretots pels costos humans que va provocar, degut al fet que molts presos republicans van ser forçats a treballar-hi per redimir la pena, i al fet que molts hi van trobar la mort. La campanya d’exhumacions massives a partir de 1958, amb un procediment més que discutible, també va ser controvertida, com també ho va ser la decisió de traslladar de manera matussera els cossos de combatents d’ambdós bàndols, amb permís o sense dels familiars, amb identificació o sense de les despulles —incloent-hi duplicitats de noms— per a ser dipositades en molts casos a “granel” en nínxols, criptes i fossats granítics col·lectius. I si amb tot això no n’hi hagués prou, cada 20-N el Valle esdevé l’escenari de les manifestacions nostàlgiques del feixisme vivent espanyol.

En definitiva, l’operació per treure a Franco del Valle de los Caídos no resol el problema de què fer-ne perquè no tanca les ferides obertes des que fou construït. El Valle continuarà simbolitzant escandalosament el feixisme i perpetuarà les dues Espanyes, la dels bons i la dels dolents, una per sobre de l’altra de manera injusta i desigual. I mentrestant s’esvairà l’esperança què aquesta situació pugui canviar a curt o mitjà termini per consens dels principals actors polítics d’Espanya.

 

Open Journal on Public Service: EPuM

L’Escola d’Administració Pública de Catalunya (EAPC) acaba de publicar el primer número de European Public Mosaic (EPuM). Open Journal on Public Service, una revista electrònica de caràcter divulgatiu i íntegrament en anglès, que neix amb la intenció de consolidar-se com un canal de transferència d’informació i coneixement amb altres referents de països europeus. El magazín s’adreça especialment a professionals de l’Administració i gestors de serveis públics. és de caire divulgatiu i vol consolidar-se com un canal de transferència d’informació i coneixement amb altres referents de països europeus. S’adreça especialment a professionals de l’Administració i gestors de serveis públics.

El primer número de la revista electrònica està dedicat a la participació ciutadana i conté una vídeo-presentació de l’EPuM; una entrevista amb el professor de dret constitucional de la Universitat Rovira i Virgili (URV) especialista en vot electrònic, Jordi Barrat; i quatre articles d’anàlisi en profunditat que recullen experiències des de Catalunya, Groningen (Holanda), Alemanya i el Tirol del Sud (Itàlia). També inclou les seccions de bones pràctiques, noves tendències i flaixos d’actualitat d’on destaquen entre d’altres casos de pressupostos participatius, de ciència oberta, de ‘nova política’, el Codi Ètic del Servei Públic de Catalunya (en procés de formulació) o el ‘Manual dels governs a Twitter’ presentat recentment pel president de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Podeu trobar més informació i accés a la revista:  eapc.gencat.cat/en/publicacions/epum/

Democràcia i nacionalisme. Conferència de Liah Greenfeld

Presentació del llibre “Pensar con libertad” de Liah Greenfeld

Liah.jpg
El 10 d’octubre es va presentar al CCCB el llibre Pensar con libertad. La humanidad y la nación en todos sus estados, de la professora Liah Greenfeld, publicat per Arpa Editores, i amb un pròleg d’Agustí Colomines i Aurora Madaula. La presentació va consistir en una conferència oberta al públic de la professora Greenfeld i d’un seminari privat amb acadèmics i periodistes que va tenir lloc l’endemà. Es tracta d’una compilació d’assajos que ens permet endinsar-nos en el seu pensament i recorregut intel·lectuals mitjançant el diàlegs – ja sigui per concordança, ja sigui per dissentiment­– amb les idees de pensadors com ara Karl Marx, Max Weber, Émile Durkheim, Joseph Ben-David, Edward Shils, Raymond Aron, Daniel Bell, Ernst Gellner i Benedict Anderson.

Tot i tractar-se d’una de les pensadores més influents en l’àmbit dels estudis del nacionalisme –i, de fet, l’única encara viva després de la mort de Hans Khon, Gellner, Hobsbawm, Anderson i Anthony D. Smith–, la seva obra és ben poc coneguda a l’estat espanyol. Fins a dia d’avui tan sols hi havia una traducció al català de Nacionalisme i Modernitat (Editorial Afers, 1999), impulsada pel Dr. Agustí Colomines, i Nacionalismo: cinco vías hacia la modernidad (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2005). Aquesta nova traducció al castellà de part de la seva obra és, per tant, tan necessària com delectable.

No podem entendre l’originalitat de l’obra de Liah Greenfeld, així com les seves inquietuds intel·lectuals, sense donar un breu cop d’ull a la seva biografia. Jueva nascuda a la Rússia bolxevic dels anys cinquanta, aquest fet la va marcar fortament: tot i pertànyer a una família bolxevic i atea des de vàries generacions, com ella mateixa afirma, “l’antisemitisme rus em va alliberar de qualsevol il·lusió de que fins i tot la falta total de familiaritat amb el judaisme pogués alliberar-te de ser jueu”. Malgrat haver participat activament a favor dels bolxevics, la seva família va patir tortures, detencions, llargues estades als gulags… pel fet d’haver nascut jueus.

Ja a principis dels anys setanta, els pares de Greenfeld van decidir emigrar a Israel, on començà a estudiar sociologia. Un cop doctorada, el seu professor i mentor, Joseph Ben-David, va aconseguir que Greenfeld fos acollida a la Universitat de Chicago pel professor d’aquest Edward Shils. La seva carrera com a docent als EUA passa també per altres universitats de gran prestigi, com la de Nova York, Harvard i la Universitat de Boston, on encara avui dia imparteix classes.

Aquesta identitat múltiple, russa i jueva a la vegada, i els problemes que va patir arran d’això, la van portar a interessar-se per l’estudi del nacionalisme i la consciència d’identitat. Un interès que va redoblar-se en adquirir la nacionalitat nord-americana sense abandonar, però, la israeliana.

A diferència de molts altres autors, i per tant a la contra de les teories a l’ús, Liah Greenfeld no defineix el nacionalisme per la seva modernitat. Dóna la volta a aquesta idea i afirma que el camí segueix la direcció oposada: és la modernitat la que ve definida pel nacionalisme, fins el punt de considerar que el nacionalisme va ajudar a fer néixer la modernitat. Si històricament les grans religions havien contribuït a crear i mantenir l’ordre social, Liah Greenfeld considera que el nacionalisme és el que exerceix aquest paper en les societats modernes, relegant les religions com a formes de generar ordre.

La identitat múltiple de Greenfeld, incloent-hi els dos passaports de què disposa, fa que consideri que “la identitat nacional és quelcom que es construeix”. No per això és menys important que si en cas d’haver-la heretat, per imposició o per transmissió, ja que sempre és necessari que els individus i les comunitats tinguin un clar i adequat sentit de la identitat.

Us convidem a veure el vídeo de la conferència.

Posem també a la vostra disposició l’entrevista que Enric Vila li va fer i publicà el 12 d’octubre aelnacional.cat, un text que, a més, qüestiona la interpretació del nacionalisme que es fa a l’estat espanyol perquè està condicionada pels apriorismes i les condemnes. Manllevant les paraules de Liah Greenfeld: “Oposar el nacionalisme a la democràcia és un greu error”.

“Oposar el nacionalisme a la democràcia és un greu error”. Entrevista a Liah Greenfeld

Text: Enric Vila – Fotos: Sergi Alcàzar

_mg_0607_11_958x630

El dilluns 10 d’octubre, Liah Greenfeld va pronunciar una conferència al CCCB a propòsit de la traducció del seu llibre Pensar con libertad. La humanidad y la nación en todos sus estados (Arpa Editores). L’assaig, que va precedit per una llarga introducció dels investigadors dels GRENPoC, Agustí Colomines i Aurora Madaula, recull  un seguit de textos sobre el nacionalisme que es carreguen les teories grises i deshumanitzades d’Ernest Gellner i d’altres vaques sagrades del món acadèmic castrades pels traumes del segle XX.

Com passa amb alguns jueus desplaçats per les follies europees, Greenfeld té una visió de la història excèntrica, però suggerent. La seva tesi, desenvolupada en diversos llibres, és que el nacionalisme ha tingut un paper tan central en la construcció de la idea moderna de llibertat que actualment és el motor més potent de la globalització.

“Oposar el nacionalisme a la democràcia és un error greu –em diu. El nacionalisme és un element essencial de la vida social i política. És la construcció cultural a través de la qual la democràcia apareix i es desenvolupa en el món modern.”

Segons Greenfeld, la mala premsa que té el nacionalisme “encega” els polítics i els intel.lectuals occidentals i els impedeix de resoldre els conflictes nous amb eficàcia. “Bona part dels diaris i dels polítics -em deixa anar- pensen que el món ha de ser homogeni, però l’única homogeneïtat que hi ha en el món d’avui, precisament, és l’emergència de la consciència nacional a tot arreu.”

Nascuda a la Unió Soviètica i formada a Israel i als Estats Units, on va arribar de la mà d’un acadèmic jueu que va perdre la família a Auswitch, Greenfeld lamenta que s’utilitzi Hitler per estigmatitzar el nacionalisme. Considera que aquesta estigmatització s’ha convertit en un mitjà per frenar canvis socials que no interessen a determinades classes dirigents.

L’islamisme mateix, em diu, disfressa conflictes de fons que tradicionalment havien estat canalitzats de forma positiva pel nacionalisme. A Catalunya -em recorda-, “el nacionalisme ha tingut molta importància en la lluita per la dignitat individual i col.lectiva”. De vegades Greenfeld demana als seus alumnes que dibuixin el nacionalisme en un paper i es troba que li pinten banderes i fusells.

– Les banderes i els fusells no expressen el significat essencial del nacionalisme” –em diu.

pensar_con_libertad_hr_1024x1024

– I doncs, què haurien de dibuixar? -pregunto.

– En el llibre explico que, després de debatre, alguns estudiants em dibuixen una bola del món amb tot de gent que mira d’expressar-se. Quan algú parla d’alliberar el seu país o de fer-lo gran, tothom es posa a la defensiva sense tenir en compte que, tradicionalment, el nacionalisme ha servit per empoderar els febles i els desposseïts.”

Quan li demano perquè el nacionalisme està tan estigmatitzat a Espanya, esbufega, i diu que hi ha una sèrie de raons històriques i polítiques que cal “superar amb urgència”. L’autora considera que el nacionalisme va entrar a Espanya a través de Catalunya i que bona part de les desavinences que hi ha entre Madrid i Barcelona venen del fet que mentre que els catalans tenen una consciència nacional forta, els espanyols pràcticament no la tenen desenvolupada.

– A Espanya, l’antic Règim va posar tantes resistències que Franco va ser el primer que va intentar modernitzar l’Estat a través d’un projecte nacionalista. El problema és que ho va fer intentant unificar per la força el que no es podia unificar i per això el seu projecte nacionalista no només va quedar avortat, sinó que ha deixat un mal record.

_mg_0591_11_958x630

Segons Greenfeld, el nacionalisme neix a Anglaterra en el segle XVI, després de l’anomenada guerra de les dues roses. “Fins aquell moment la identitat de l’individu s’articulava a través de la societat feudal i era tancada i poc flexible. La imatge que l’home tenia d’ell mateix estava molt determinada per la religió i per l’estament al qual pertanyia.”

La guerra de les dues roses va extingir la casa dels Plantegenet i va deixar la noblesa anglesa afeblida. La dinastia emergent, els Tudor, va “crear una nova aristocràcia obrint-se a gent del poble” i això va tenir un efecte inesperat. La idea de nació, que llavors només representava una elit, es va anar barrejant amb la idea de “gent” o de “poble”, que fins llavors s’associava a la rebel.lia, la brutícia i la incultura.

El primer poble que va desenvolupar una consciència nacional moderna –m’assegura Greenfeld-, van ser els anglesos. El nacionalisme anglès sorgiria de la necessitat de justificar el nou ordre creat pels Tudor. “Aquelles persones de sang vermella que es van trobar ocupant el lloc que havia ocupat la casta de sang blava, van haver de donar-se una explicació a ells mateixos i al altres, i d’aquí en va sortir un nou sistema cultural que va revolucionar el món.”

El canvi de mentalitat que el nacionalisme va produir a Anglaterra es va escampar de maneres diferents a Amèrica i al Continent. A Europa, els primers a importar el nacionalisme van ser els francesos. Els aristòcrates de la cort de Lluís XIV, i els il.lustrats després, van quedar tan enlluernats per la vitalitat de la societat anglesa que van obrir les portes al nacionalisme sense entendre què significava. Això va fer que en comptes de donar peu a una democràcia liberal, el nacionalisme acabés provocant la Revolució Francesa.

A França, el nacionalisme no es va interpretar sobre la base de l’individualisme, sinó sobre la base de la unitat. Si el nacionalisme anglès i americà veu la nació com una agregació d’individus lliures amb interessos diferents, a França es defineix a través d’una idea singular mitificada: la patrie. A diferència del we the peoplela patrie no invoca la pluraliltat. A França, la nació és independent de la voluntat de la majoria i té tendències autoritàries perquè necessita un líder qualificat que la interpreti.

Segons Greenfeld, encara hi ha un tercer tipus de nacionalisme que és el rus. El nacionalisme rus és fruit del segle XVIII. Està marcat per la victòria de l’absolutisme francès en la guerra de successió i per la influència que això va tenir en el desenvolupament de la cultura nacionalista europea. El nacionalisme rus és més autoritari que el francès. Pere el Gran no només va construir de zero una capital Versallesca (Sant Petersburg), sinó que  també va crear una llengua i un espai nacional pràcticament del no res.

Veient que Rússia era menyspreada perquè no tenia una cultura i una història pròpia, Pere el Gran i la tsarina Caterina van mitificar la terra i la sang, en un món que ja avançava a tota màquina a través dels valors nacionalistes. “Per això el nacionalisme rus és ètnic i excloent” –conclou Greenfeld, que va marxar de la Unió Soviètica després que la seva família constatés amb la mort d’alguns parents que no hi havia lloc per a ells.

En el llibre escriu: “Jo vaig néixer en una família d’intel.lectuals ateus de diverses generacions, però l’antisemitisme rus em va deslliurar de la il.lusió que la falta total de familiaritat amb el judaïsme em podria alliberar de ser jueva. El fet de no poder triar va ser bo”.

– I el nacionalisme alemany? –li pregunto.  Alemanya ha pagat els plats trencats del segle XX.

– Alemanya arriba tard, i més aviat desenvolupa un “pseudonacionalisme”, que creix per oposició a la il.lustració francesa, a través de l’exaltació de l’instint i l’autenticitat de la llengua.

El concepte pseudonacionalisme em fa pensar en Berlín, que és un pastitx grotesc, una ciutat que ja es veu que és fruit d’una empanada mental com una casa. Mentrestant, Greenfeld m’explica que els alemanys estaven molt orgullosos de la seva llengua perquè la consideraven més natural i més antiga que la francesa, la italiana, la russa o l’anglesa.

Quan Greenfeld diu que els anglesos són els pares del nacionalisme no puc evitar pensar en la barreja curiosa que fan Shakespeare i els hooligans. En els temps dels Tudor, els catalans també van buscar maneres de salvar la distància entre el cel i la terra a través de la cultura. El primer manual de cuina escrit en llengua vulgar es va publicar a Nàpols en català. Historiadors americans han escrit sobre l’alt nivell de gentrificació i alfabetització de la noblesa catalana en el segle XVI.

_mg_0658_11_958x630

A diferencia de França o Espanya, el territori català estava altament urbanitzat. Els viatgers han recollit que un dels mottos dels barcelonins del segle XVI era que Barcelona era “una ciutat per a tothom”. Vicens Vives explica que els fonaments de l’Estat Nació modern es van posar a les ribes del Mediterrani durant la guerra contra el Turc.

Els catalans del 1500 també devien tenir consciència nacional, sinó Carles V no hauria elogiat la seva llengua ni Barcelona no hauria somiat de convertir-se en el melic de la civilització. El dietari de l’assaonadorMiquel Parets és una excepció entre els dietaris del segle XVII perquè aquest gènere no solia cultivar-lo gent de tan baixa condició.

Però quan Greenfeld parla de nacionalisme, em sembla que es refereix al sistema cultural que va permetre el poble anglès apoderar-se i reivindicar el seu lloc al món. Tenint en compte la marginació que la llengua anglesa va patir en la cort de Londres fins entrat el segle XV, diria que la seva teoria descriu sobretot el sistema de símbols i valors a través dels quals antigues tribus germàniques van accedir al poder i van dominar el món a mesura que l’imperi hispànic se n’anava a fer punyetes.

Greendfeld insisteix que l’objecte d’estudi de les ciències socials hauria de ser la cultura, més que no pas la societat i les seves estructures. La cultura, no pas les estructures o els comportaments socials, és el que distingeix els homes dels animals i el que fa que la història sigui imprevisible. Al final res com la cultura no expressa tan bé la llibertat de la intel.ligencia humana, i la seva capacitat per transformar la realitat a favor d’uns interessos individuals o col·lectius, prèviament imaginats.

Ara que vivim una època de transició, que són les més incòmodes, tornem a estar en mans de la cultura. Potser la sensació de putrefacció que patim té alguna cosa a veure amb la vehement crítica del nacionalisme que fan alguns nuclis de poder, només per dissimular que en el passat el van explotar de forma exagerada.

Publicat a elnacional.cat, 12/10/2016